16/09/2005

Presunciones

Clasificado bajo: GeneralRaúl |

Desde hace unos años, los grandes medios de comunicación han puesto en práctica un código deontológico acorde con nuestra Constitución, considerando a priori a todo el mundo como presunto, al menos hasta el dictamen definitivo del juez. Ya no hay terroristas, sino presuntos terroristas. Los asesinos domésticos son presuntos asesinos. Aunque estemos hablando de un criminal confeso, la coletilla siempre se coloca: presunto criminal.

Esto en principio no me parece mal. La historia nos ha mostrado casos de culpables evidentes e inconfundibles que, al final, no eran ni una cosa ni otra; bien por causa de tramas perfectamente urdidas para volcar todos los indicios de culpabilidad en un inocente, bien por confesiones falsas (en el caso de Ramón Sampedro hubo decenas de autoimputaciones). Que, antes de tiempo, la prensa atribuya la culpabilidad de un crimen a alguien, puede conducir a esa terrible paradoja que es el linchamiento de un inocente por parte de una multitud vengadora y enfurecida.

Pero, como se diría vulgarmente, o follamos todos o la puta al río.

El asunto ya viene coleando desde hace tiempo. Siempre que sale una noticia relatando la muerte de un colombiano en algún suburbio, me preparo para decirlo al mismo tiempo que la presentadora: “todo-apunta-a-un-ajuste-de-cuentas”. En este caso, ha sido ecuatoriano. Aquí poco importa el código deontolótigo; tampoco el que la novia y el hermano de la víctima aseguren que no pertenecía a organización pseudomafiosa alguna. Los medios no han tardado ni medio minuto en redactar el titular: “Ecuatoriano muerto en una reyerta entre bandas rivales”.

Ya somos clasistas hasta para denegar presunciones. Unido esto al bien conocido fenómeno periodístico “no dejes que la verdad te arruine un titular”, el resultado es que estamos otorgando el rango de ’subnormal pastillero con gorrita y navaja’ (uno de los más bajos de la escala humana) a un desgraciado cuyo único delito quizá haya sido viajar diez mil kilómetros para acabar pudriéndose doce horas diarias en una infecta cocina, a cambio de 500 euros al mes.

Claro, los muertos no protestan. Perdón, presunto muerto.

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